Lo que añoro hoy día es la frecuencia con la que antaño se entraba en casa
del vecino. Frecuencia que muchas veces era diaria. Acceder al domicilio de
quien vivía al lado constituía un hecho muy normal. Dicha costumbre aún se
mantiene en algunos pueblos, pero en las ciudades se ha perdido
completamente.
No existe la confianza de aquellos años a los que me refiero y que tantas
personas recuerdan con nostalgia. En otros tiempos se entraba en casa de
los vecinos cada dos por tres. A por sal, a por un huevo, para tomar un café
en invierno o se salía al fresco en verano. Además, si los vecinos se iban de
vacaciones te dejaban las llaves de su hogar. Es evidente que esto suena
hoy muy muy raro, pero así fue. Ahora, en cambio, cada cual vive en su
territorio y encerrado tras cuatro llaves y un pestillo. La relación con el
vecino se queda en lo justito; es decir, en «hola» y «adiós».
No conocemos a la mayoría de vecinos. El factor humano entre los más
cercanos ha caído en picado. Es una pena que la falta de confianza que
generan los «nuevos tiempos» haya dejado reducida al mínimo la relación con
quienes viven al lado.
Como contraste a nuestras ciudades, en los pueblos la puerta de cada
domicilio esta habitualmente abierta y no pasa nada. Si entra alguien es
algún vecino, y siempre resulta bien recibida para charlar. Quizás “cualquier
tiempo pasado fue mejor”... ¿Qué opinas?
Seshat
No hay comentarios:
Publicar un comentario