jueves, 9 de febrero de 2023

LAS REFLEXIONES DE SESHAT


Lo que añoro hoy día es la frecuencia con la que antaño se entraba en casa

del vecino. Frecuencia que muchas veces era diaria. Acceder al domicilio de

quien vivía al lado constituía un hecho muy normal. Dicha costumbre aún se

mantiene en algunos pueblos, pero en las ciudades se ha perdido

completamente.

No existe la confianza de aquellos años a los que me refiero y que tantas

personas recuerdan con nostalgia. En otros tiempos se entraba en casa de

los vecinos cada dos por tres. A por sal, a por un huevo, para tomar un café

en invierno o se salía al fresco en verano. Además, si los vecinos se iban de

vacaciones te dejaban las llaves de su hogar. Es evidente que esto suena

hoy muy muy raro, pero así fue. Ahora, en cambio, cada cual vive en su

territorio y encerrado tras cuatro llaves y un pestillo. La relación con el

vecino se queda en lo justito; es decir, en «hola» y «adiós».

No conocemos a la mayoría de vecinos. El factor humano entre los más

cercanos ha caído en picado. Es una pena que la falta de confianza que

generan los «nuevos tiempos» haya dejado reducida al mínimo la relación con

quienes viven al lado.

Como contraste a nuestras ciudades, en los pueblos la puerta de cada

domicilio esta habitualmente abierta y no pasa nada. Si entra alguien es

algún vecino, y siempre resulta bien recibida para charlar. Quizás “cualquier

tiempo pasado fue mejor”... ¿Qué opinas?

Seshat


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