MIENTRAS VISO DEL MARQUÉS DUERME
Finalizaba el mes de octubre, los días se iban acortando en favor de las noches y en aquel pueblo manchego la vida parecía ralentizarse al ritmo de la Naturaleza. Empezaba a refrescar, sobre todo al anochecer, pues el sol emitía unos rayos tibios que apenas templaban la temperatura ambiente. La gente se abrigaba ya y, aunque muchos contaban con calefacción de gasóleo en sus casas, tendría que hacer mucho, pero que mucho frío para que la utilizaran.
Cada estación tiene su olor especial.
Y allí, el otoño olía a leña de encina y jara ardiendo bajo las chimeneas. Y a brasero de picón. Incluso, algunas veces, a resina de piñas y a castañas asadas junto al fuego.
Las amas de casa se afanaban en tener todo a punto para la familia: la puerta de la calle barrida, la casa limpia, la compra y la comida bien hechas, la ropa limpia y planchada...
Los escolares cumplían su horario de clase y, al anochecer, hacían los deberes para el día siguiente; luego verían la tele ¡por supuesto! sin que sus padres les abroncaran.
Los campesinos en activo preparaban el campo e iniciaban la sementera.
Los ancianos acudían a la Plaza del Pradillo, pero no antes de que saliera el sol. Y no porque durmieran hasta bien entrada la mañana ¡no, qué va! Eran hombres bien curtidos por soles y escarchas; pero los achaques y los años les impulsaban a buscar distracción y a protegerse del frío en La Peña o el Hogar del Jubilado (donde tomaban un café o un carajillo mientras echaban la partida matutina de cartas o conversaban) hasta que la Plaza se caldeara un poco y se animara con el escaso trasiego habitual y la llegada de algún autobús de turistas y escolares para ver el Palacio.
Entonces, al trascacho*, de pie, apoyados en una pared o sentados en los bancos de piedra, observaban al personal, echaban algunas risas si atisbaban alguna dama de buen ver o un escolar de esos que son dinamita pura, conversaban acerca del último partido de fútbol visto en la tele, o de los jodidos políticos zampabollos que ¡me cagüen la leche lo mucho que cacarean y lo poco que ponen!
Tras el chato de vino y una tapa de algo en algún bar cercano, irían a casa a comer, echarían un cigarro, sestearían unos minutos, y luego saldrían a echar unas partidas de tute con los amigos hasta el anochecer. Después, a casa a cenar, dormitar con un cigarrillo en la mano delante de la tele que les servía de fondo musical y marcharse a la cama hasta el amanecer.
Despertaban con el gallo más madrugador del vecindario, sin necesitar mirar el reloj para saber qué hora era.
Y así un día tras otro. Salvo que tuvieran que acudir a algún funeral que, en los pueblos manchegos, era algo muy corriente, dado el envejecimiento general de la población.
Entonces, a todos los que ya habían superado la esperanza de vida les dolía la ausencia de aquel amigo o vecino, pero, especialmente, les preocupaba saberse, ellos mismos ya, en lista de espera.
Aquel último paseo por la calle Maestro Noguera (que llamaban calle de los Muertos) no les atraía, pues conducía al paseo, motorizado y sin retorno, de la iglesia al cementerio.
Era otoño, finales del mes de octubre, temporada de caza en las fincas de los poderosos de la zona, o en la Sierra próxima.
Época de ganancias para todos, menos para la Naturaleza, que veía esquilmar esos hermosos animales que poblaban sus montes, y los frutos del bosque que alimentaba a los machos y a las hembras preñadas.
Los potentados gastaban auténticas fortunas en el eufemísticamente llamado deporte de la caza, que no era sino puro placer por matar y luego alardear de puntería. Instinto ancestral de las cavernas.
Por eso, en una época en que aumentaba el número de cazadores y disminuía el de piezas a cazar, se prodigaban los criaderos. Lo único importante para ellos era que no faltaran piezas que abatir.
Cada estación tiene también sus sonidos. Y allí, los del otoño eran la berrea de los cérvidos primero, y el sordo atronar de las escopetas de caza después. El drama de la vida y la muerte.
Treinta y uno de octubre. En el reloj del Ayuntamiento sonaban las campanadas de la media noche.
Ya hacía rato que nadie transitaba las calles y no había más rastro de actividad que la de gatos y animales noctámbulos.
¿Seguro que no había actividad? Mejor sería decir que no había rastro de actividad humana viviente. Porque el caso era que, mientras los viseños se van durmiendo, sus ancestros y otros seres, despiertan.
El pelao y el pelúo siempre habían ido juntos a todas partes. El uno fue alto, desgarbado y discreto; el otro, recio y ampuloso de formas, con una cabeza grandota y hablando siempre a gritos.
Ambos, con boina negra de rabito tieso y traje de pana marrón raído. Ahora, los dos, con cabezas como bombillas nacaradas, sin un pelo, destellando entre la niebla de la noche y vestidos de tatuajes incisos en sus tibias, cráneos y la inicial de un nombre de mujer en la parte alta del húmero.
Era un trabajo delicado y preciso, una labor de chinos, que se diría; los habían realizado sin prisas, como quien tiene una eternidad por delante.
Y hablando de eternidad ¿Quién dijo que la eternidad es mortalmente aburrida?
En aquel cementerio, no. Y en el pueblo, algunas veces a partir de las doce de la noche, tampoco.
Los esternones son ideales como xilófonos; las tibias, como palillos, los fémures como palos de golf, la cabeza tiene mil usos diferentes; los omóplatos son geniales como palas para el frontón..., y los demás huesos tienen también sus usos.
El baile de muertos es sonoro aún sin música; basta con el simple movimiento y el entrechocar entre sí; y el del viento que sisea entre sus oquedades naturales, ya sean ojos, oídos, nariz y otros.
En estos personajes hay poca materia digna de tal nombre; pero sí mucho espíritu, a veces ruin, a veces digno, a veces inmenso.
— ¿Quién pone esta vez las tabas?
— Querrás decir las rótulas, Cansino.
— Bueno, pues eso. ¿Quién las pone? – dijo mirando al Cansao.
— ¡Ah, no, ni lo sueñes!, que bien me rodasteis hace poco en la partida de bolos.
Y los vivos, sin enterarse. Claro, que al cementerio nadie va, salvo algún que otro grupo de niñatos jugando a aquello del valor. Y a veces, se llevan algún susto si a alguno de los ocupantes perpetuos del lugar se le escapa algún siseo o se cruje los dedos. Porque daño, daño, la verdad es que aquellos seres no lo hacen a nadie.
BRIANDA