Estimado señor Álvarez:
Yo, Joaquina Grande, con DNI N.º 12345678 – Z, deseo efectuar ante usted una reclamación firme, atendiendo a las razones que a continuación le expongo:
Hace un mes compré en el establecimiento de su propiedad una aspiradora que me facilitara las tareas del hogar.
Funcionar, lo que es funcionar, la máquina funciona, pero no como era de esperar. Es decir, que en vez de succionar la suciedad, la levanta a varios palmos sobre el suelo, dispersándola sobre las mesas y objetos de la casa, de tal forma que me veo obligada a perseguir por las alturas, sin el más mínimo éxito, por cierto, las pelusas, restos de arena, alguna mosca y otras miasmas que suelen generarse en las viviendas habitualmente.
Cuando regreso a casa tras el trabajo, la compra o el gimnasio, la casa me la encuentro como usted se puede imaginar: con la suciedad rellenando los rincones y mi marido y mis hijos echándome en cara mi desidia en tareas que han decidido que me corresponden en exclusiva.
Harta y desesperada ante las miradas acusadoras de los míos, en la tarde de ayer insté a mi incrédulo marido a cerciorarse de la veracidad de mis palabras por sí mismo. Así que, ni corto ni perezoso, se dirigió al tendedero –donde guardaba yo a buen recaudo la infernal máquina– y, seguro de sí mismo, la empuñó cual vaquero su revólver, convencido de que iba a demostrarme mi torpeza con la aspiradora.
Y al principio, parecía que así iba a ser.
Pero transcurridos dos minutos, el tubo empezó a vomitar lo anteriormente succionado, dejando hueco para engullir uno de los calcetines que cubrían los pies de mi esposo (que así suele caminar por casa), y que inútilmente trató de recuperar.
Sorprendido y cabizbajo, hundió su trasero en el sofá, se sirvió una copa de brandy, metió su cabeza en el periódico, y no dijo nada más.
Regresé esta misma mañana al establecimiento que tiene usted en la calle Calvario, con la intención de devolver tan extraña aspiradora, pero el dependiente –seguramente siguiendo las normas de la tienda –me negó tal posibilidad, aduciendo que habían transcurrido ya los quince días reglamentarios, mientras miraba de soslayo a quien debía ser una clienta habitual, y conteniendo ambos la risa –a juzgar por el color púrpura que iban adquiriendo sus caras– ante la narración de mi experiencia.
Para terminar con aquel asunto, quiso mostrarme el perfecto funcionamiento de la aspiradora y convencerse de que mis razones no eran sino una excentricidad mía o un cuento chino –como suele decirse–. Y tras echar al suelo unos papelitos y un cigarrillo desmenuzado, accionó la aspiradora, con poco tino por cierto, pues fue a dar en su cuerpo antes que en el suelo. Pero no los recogió.
—Es que son muy planos –exclamó encogiéndose de hombros.
Eché al suelo cuatro o cinco céntimos que tenía sueltos en mi monedero, y le conminé a que probara su aspiradora. Pero, tras recogerlos durante un momento, los expulsó de inmediato. Me marchaba ya con mi aspiradora y mi disgusto, cuando el dependiente salió tras de mí gritando, acusándome de la sustracción de un billete de cincuenta euros y unas almendras que guardaba en un de bolsillo de su pantalón.
Cansada, disgustada y ofendida en mi honor, lancé la dichosa aspiradora contra el mostrador, con tan buena fortuna, que se abrió por la junta del tubo, expulsando por él un buen puñado de hormigas y un diminuto roedor que andaban devorando las almendras, amenazando ya el billete.
—Debe ser el aceite del motor de la aspiradora, que les gusta a estos bichejos —dijo sonrojado.
Pero volvió a negarme la devolución del dinero que pagué por la máquina y a compensarme por daños y perjuicios, tal como le solicité a él, ahora le pido a usted y lo exigiré ante los tribunales correspondientes, si no se atiende de inmediato y debidamente mi reclamación.
Atentamente.
Joaquina Grande
Brianda