Es lunes y llovizna, el tiempo es desapacible. Como cualquier otro día salgo a pasear en mi rato de descanso. Trabajar en el centro de la ciudad te da el privilegio de poder ir de un lado a otro y disfrutar en todas las estaciones del año.
Inicié mi marcha por una calle muy concurrida, llevaba mi
bocadillo en la mano dando pequeños mordiscos y saboreando, me paro en un
semáforo para cruzar al otro lado cuando noto un ligero tirón que me hace
volverme y mirar atrás.
Observo un perro-guía color canela de unos cuatro o cinco
años con su traje de lluvia que estaba saboreando un pedazo de mi bocadillo,
quizá atraído por su fino olfato. La persona que era ayudada por tan
extraordinario animal, un caballero de unos cuarenta años, bien vestido y con
su paraguas, preguntó:
_¿Qué ocurre, que pasa?
Al ver lo sucedido yo le ofrecí al perro el resto de mi
bocadillo.
_Su perro ha mordido mi bocadillo y le estoy ofreciendo lo
que queda. _ A lo que amablemente contestó.
_No por favor, no se lo dé, solo puede comer su dieta, podría
sentarle mal.
Entendí perfectamente, pero el perro me miraba y creo que se
quedó con ganas de más.
Se abrió el semáforo y ambos comenzamos a cruzar comentando
lo ocurrido. Ya en la acera contraria nos despedimos los tres amablemente.
Proseguí mi camino hacia una plaza donde ofrecí lo que
quedaba del bocadillo a las palomas que prestas lo devoraron, incluso algunos
gorriones tomaron su ración.
Picarazo
No hay comentarios:
Publicar un comentario